«Hubo y habrá
Quevedos, Góngoras, Azorines y Lorcas, pero todos están aquí»
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| Los conmemoradores están atados a la rueda de molino con que la que suicidan el presente |
Aventureros
¡Desconmemoremos a los
conmemoradores! Aunque con buena fe, sólo amordazan el presente. Ahí están,
huyendo de su tiempo. Viendo en el pasado lo que son incapaces de ver en el
presente. Glorificando lo que ya glorificaron sus abuelos. Aunque hubieran
estado allí, también se les habría escapado aquel presente.
Los conmemoradores homenajean a García Lorca, a José Guerrero, a Cernuda…
en 2011. En 1930 ¡ni siquiera los habrían visto! Mientras ellos escribían o
pintaban a su lado, los conmemoradoes homenajeaban a Echegaray, a Benavente, a Mariano
Fortuny. Los conmemoradores son los emborronadores de su tiempo. ¡Para ellos, la
maravilla siempre estuvo antes!
Los hay que viven en el futuro. Los hay que viven en el
pasado. Los primeros esperan ser canonizados por sus bisnietos. Los segundos
imploran la bendición de sus tatarabuelos. ¡Argucias contra el presente!
Mirar lo contemporáneo no es difícil. Sólo hay que
dirigir la vista a las sombras. Si miramos a donde alumbran los focos, estamos perdidos.
El presente es inversamente proporcional a lo obvio. Cuanto más presente, menos
obvio. El conmemorador tiene un problema: ¡No sabe mirar a las sombras! Por eso
sus ojos se van hacia las luminarias del pasado. O a donde imagina estarán las
luminarias del futuro. Sin embargo, siempre yerra. Porque los focos del pasado son
en realidad las sombras de aquel presente. Y los focos del futuro serán también
las sombras de este presente.
En los eximios tiempos de Valle Inclán, Azorín y Unamuno
¿a dónde alumbraban los candeleros? Alumbraban a Felipe Trigo, el súper ventas
de la época, alguien que supo hacer dinero, y mucho, con la literatura.
Alumbraban a El Caballero Audaz, ilustre folletinista en los dos sentidos. Los
conmemoradores de entonces no supieron mirar en las sombras. El presente se les
escapó como el agua por los sumideros.
Hubo y habrá Quevedos, Góngoras, Azorines y Lorcas, pero
todos están aquí. Para los conmemoradores, sin embargo, se convierten en
tupidas gafas que les impiden verlos. Los Quevedos, los Góngoras, los Azorines
y los Lorcas son para ellos ruedas de molino atadas al cuello con las que
inmolar el presente.
Los focos son los cantos de sirena que tentaron a Ulises.
Es necesario ponerse cera en los ojos. Los ilusionistas se sirven justo de las
luces para escamotearnos la verdad. ¡Mira a las sombras y descubrirás el truco!
Para vivir el presente, hay que penetrar las sombras. Eso no puede hacerlo
un conmemorador, sino un aventurero. Aquel que sabe abrirse camino por la
inextricable y borrosa senda del hoy. Aquel que no transita las veredas de sus
abuelos, sino las que abre él mismo. El que no sueña ingenuamente con los
trenes de alta velocidad que inaugurarán sus tataranietos, sino con sus botas
de trekking.
El presente es riesgo, temeridad y aventura. La luz de
los conmemoradores es fatua. No hay amanecer que no emerja de las sombras.
Diario IDEAL, martes, 1 de noviembre, 2011
