martes, 18 de noviembre de 2014

TOTOS

«Conforme nos hemos ido haciendo más prósperos, hemos empobrecido el lenguaje» 


En esta foto de los años 50 del pasado siglo, no sólo las niñas, sino hasta la muñeca, llevan totos 

Totos 

«¡Qué toto más chulo!», bromeo en una distendida reunión de amigos cuando uno de ellos prende al cabello de una chica una moña hecha con una servilleta. Se me quedan mirando perplejos. «¿“Toto”? ¿Qué significa?». Yo me quedo más perplejo aún. «¿No sabéis lo que significa “toto”?». Niegan. «¡Pero si es una palabra común!», proclamo. «Común para nada», responden a coro. Saco el móvil y voy al RAEL. Me quedo estupefacto cuando compruebo que no está recogida. «¿Ves?», me dicen.
Mientras les explico el significado, voy entendiendo. Estoy en Madrid, ¡luego probablemente se trata de un granadinismo! Pero me asombra no haber reparado jamás en él ¡yo que, en compañía de Nicolás Palma y Paco Álvarez de la Chica, elaboré un diccionario de términos locales! Nunca habría imaginado que esta palabra, que tanto pronuncié en mi niñez, cuando los totos infantiles hacían furor, y que sigo utilizando hoy, fuese un localismo. Hasta tal punto tenemos arraigado el lenguaje que los términos propios, esos que nadie entiende en otros lugares, los pensamos universales y ni siquiera nos vienen a la memoria cuando tratamos de recogerlos conscientemente.
Ahora sé que la palabra “toto” es tan nazarí que hasta tienes que rastrear Internet con lupa para encontrar un par de ejemplos con la acepción que se le da en Granada, la de lazo o moña en el pelo, no la de órgano genital femenino, que esa sí que está extendida por Hispanoamérica. La noche madrileña me ha regalado, pues, este término que, de otro modo, me habría pasado desapercibido, y, con el regalo, me inundan “las palabras del corazón”, como Nicolás, Paco y yo titulamos nuestro divertido librito.
De pronto reviven ante mí las niñas retotoyúas por las que nos pirrábamos los chaveas, con sus babis espercojaos y sus trenzas con totos, persiguiendo bulanicos y mascando cañadú o tracto… Por cierto, esta última palabra tampoco está en nuestro diccionario, se llamaba así a las barritas de regaliz y supongo que debía de venir de “extracto” (de regaliz). Misterioso que renazcan palabras que fueron desapareciendo y es que han seguido vegetando en lo más hondo de nuestra sentimentalidad y sólo despiertan al conjuro de las emociones, no de la fría memoria racional.
El reconocimiento de “toto” como palabra hogareña es una de esas emociones, que suelen venir cuando menos te lo esperas y con la guardia bajada, y por eso te poseen de arriba a abajo. El lenguaje es un flirt permanente y los escritores y periodistas somos los apasionados amantes de las palabras, las buscamos, las cortejamos, nos enamoramos de ellas, las rescatamos o las abandonamos tristes y cariacontecidas en un recodo del camino, y entonces se mustian y agonizan, y por eso ya nadie dice chícharos, sino guisantes, ni rosetas, sino palomitas, ni “te extraño”, sino “te echo de menos”, ni curianas, sino cucarachas, ni tolano, sino chichón, ni bestias, sino animales…
Conforme nos hemos hecho más prósperos, hemos empobrecido el lenguaje, nos hemos vuelto cúrsiles, menos precisos, hemos ocultado con vergüenza lo más entrañable. Pero en esta noche tan especial, enarbolo la palabra “toto” y, secundando a mi amigo, coloco entre risas totos de papel en el cabello de las chicas que nos rodean, como un tributo al alma del lenguaje, a nuestra pobre y lacerada alma a la que hemos ido sisando sus mejores palabras.

GREGORIO MORALES
Diario IDEAL, martes, 18 de noviembre, 2014