martes, 9 de septiembre de 2014

ACORRALADOS

«Buscan confundir sin apercibirse de que el criminal acaba siempre delatado por sus miedos»

Las llamas provocadas representan un beneficio para los criminales que las prenden
Foto: photobucket 

Acorralados 

Pavorosa semana de incendios en Granada. Quitando el de la Facultad de Derecho, accidental, los demás han sido provocados. El lunes ardieron los alrededores de Jun. Torrecuevas, en Almuñécar, comenzó a arder en la tarde del martes. En la madrugada del miércoles, el fuego arrasó la Cañada de Rojas, en Güéjar Sierra. A la madrugada siguiente, la del jueves, le tocó a Lanjarón, con 60 hectáreas abrasadas hasta el viernes. Cuatro incendios seguidos, uno cada día, y los cuatro contiguos al demoledor de Cenes. ¿Casualidad? Sin duda, pero algo en mí recela de tanto azar.
            Apelo a esa capacidad de remontarse sobre los árboles para ver el bosque, de abstraerse de los detalles para vislumbrar el conjunto, esa facultad que les es conferida a periodistas, escritores, policías, científicos y filósofos, y gracias a la cual se pueden conjurar las apariencias.
¿Qué conjunto veo? Contemplo el primer incendio de todos, el de Cenes, veo a los criminales que posiblemente lo provocaron y los veo acorralados porque el grupo de Investigación de la Guardia Civil no se ha tragado la patraña del ritual, ha centrado bien las pesquisas y sabe dónde buscarlos. Tienen miedo y, por tanto, se han lanzado a una acción desesperada para demostrar que los incendios no son sólo en Cenes, sino que se dan en cualquier punto de la geografía granadina, empleándose en una quema indiscriminada de la provincia para sacar a los investigadores del círculo que se iba estrechando ante ellos.
            Seguro que son imaginaciones mías, puede que mi calenturienta mente me esté jugando una mala pasada, cierto que estoy aventurando una hipótesis sin datos y, encima, me estoy arriesgando a que me descalifiquen, a que me juzguen de peliculero, y la verdad es que hay que ser temerario para afirmar lo que acabo de afirmar aunque se piense. Pero estoy acostumbrado a que digan de mí las cosas más peregrinas, importándome sólo lo que yo pienso de mí. Y no me sentiría bien si no expresara este temor que tengo, esta idea persistente de que existe un grupo incendiario que actúa deliberadamente para sacar provecho de las llamas, por lo que hay que dar con él y hacer que el único fuego posible les surja a los mafiosos en la imaginación y entre los barrotes de la cárcel.
            ¿Que me equivoco? ¡Ojalá! Querría equivocarme una y mil veces porque, al menos, eso implicaría una esperanza para el futuro, es decir, este año hemos tenido mala suerte, ha habido cinco incendios en dos semanas, pero otros años los hados serán más benignos y las llamas no devorarán tanta vida ni tanta belleza. ¡Por eso quiero equivocarme! Pero si hay una mínima posibilidad de que no sea así, si existe al menos un uno por ciento de que tras estos incendios haya toda una organización delictiva, entonces no quiero arrepentirme del silencio ejercido por miedo de ser juzgado.
            Así que, en mi opinión, estos cuatro incendios posteriores al de Cenes son una nueva pista, una pista certera que conduce todavía más cerca de los autores, personas que conocen bien el monte y la provincia y que han prendido unos fuegos fáciles, algunos de ellos en matorral, con el único objetivo de distraer la atención de Cenes. ¡Buscan confundir sin apercibirse de que el criminal acaba siempre delatado por sus miedos!
GREGORIO MORALES
Diario IDEAL, martes, 9 de septiembre, 2014