martes, 19 de agosto de 2014

SALDOBREÑA

«Una Salobreña de saldo para carabelas insaciables y ávidos buscadores de oro. ¡Y todo porque el jefe ama los colorines!» 

Gonzalo Fernández Pulido, alcalde de Salobreña, alias Ladrillo Apilado, entrega su pueblo a los conquistadores mallorquines a cambio de cuentas de colores
"Saldobreña"

Salobreña está capitaneada por Ladrillo Apilado, alias Gonzalo Fernández Pulido, un indio de los de antes del Descubrimiento, un alma roussoniana que vive en la noche de la Historia, rezando y sacrificando a los dioses remotos. Por eso, cuando ahora ha llegado Cristobal Colón disfrazado de inversor mallorquín, le ofrece oro por canicas.
¡Vaya un indio cabal! Lo mejor que tiene Salobreña, su tesoro, la joya de la corona, aquello por la que se la distingue incluso desde el aire, su preservada playa de la Guardia, rendida a los conquistadores de allende los mares para que hagan de ella una insustancial playa carpetovetónica más, como las de Almuñécar, como las de Nerja, como las de cualquier arrasado pueblo costero español.
Salobreña parecía haber sido bendecida por los dioses, parecía haber escapado a ese delirio de cemento para llegar bastante intacta al futuro que es el presente, donde lo que se busca es belleza, espacio natural, paisaje primigenio. ¡Pero he aquí que Ladrillo Apilado, que no se entera de nada, ha desenterrado el hacha de guerra y va a dar los tajos de rigor!
El oro de Salobreña, entregado por perlitas polícromas. ¡Pero qué indios son estos gobernantes! Recuerdo cuando otro comanche de la Alpujarra quiso construir un polígono industrial en plena sierra de Carataunas. O cuando el desnortado Benavides ideó un puerto de mar entre los aguacateros de Almuñécar. ¡Todos quieren levantar Nueva York en su Arcadia! Indios de viejos wésterns que creen en los ajados dioses del Progreso y cortan el cuero cabelludo de sus contemporáneos. No comprenden que ya nadie da un adarme por Manitú.
Si en lugar de un vetusto jefe indio, Salobreña estuviera comandada por el sabio de la tribu, habría dado ella las cuentas de colores a cambio del oro. Es decir, habría hecho que el hotel mallorquín se construyera en alguna otra parte, en un vial lateral, en un enclave cercano, conservando para el mundo esta playa maravillosa, la última de Filipinas. ¡Pero no vayas a decirle a un soberbio jefezuelo apache que lo que da a cambio de bolitas de colores es mucho más valioso! Igual te traspasa con una flecha envenenada.
En otro tiempo, estas operaciones ventajosas (para los conquistadores), llevaban aparejadas pingües comisiones, bagatelas realmente en comparación con lo hurtado a la tribu, pero ahora ya no, menos mal, es que la honradez ha descendido en forma de espíritu santo, así que nos hemos quedado con los indios desnudos fascinados por los abalorios de los descubridores.
¿Se opondrán los salobreñeros a los designios de Ladrillo Apilado? Difícil lo tienen, porque una vez que el jefe ha vendido la tribu, ya no hay nada que hacer. La insigne Salobreña, el pueblo de mejor fisonomía de la costa granadina, convertido en “Saldobreña”,  una Salobreña de saldo para carabelas insaciables y ávidos buscadores de oro.
¡Y todo porque el jefe ama los colorines! Sin duda llegará un día en que se lamentará. Pero ya será tarde, porque Salobreña se habrá convertido definitivamente en Saldobreña, fortín cercado de apartamentos con ofertas baratas para turistas baratos que pueden estar aquí o en Torremolinos o en Benidorm, eso sí, con jardinillos y césped para que Ladrillo Apilado descanse sus posaderas mientras intenta fabricar deliciosos arcos iris con sus cuentecitas. ¡Pena que para entonces la sombra alargada de los edificios lo impida!

GREGORIO MORALES
Diario IDEAL, martes, 19 de agosto, 2014