martes, 21 de octubre de 2014

LETRAS CON ROSTRO

«Impresionante esta colección de retratos de escritores españoles desde el Romanticismo hasta 1914» 

José Zorrilla (primero por la derecha) en el Patio de los Leones de la Alhambra, con motivo de los actos de su coronación como "poeta nacional" en junio de 1889 
Foto: Colección Isabel Cagigas 

Letras con rostro

¡Están ahí, existen, son reales! La historia viviente de la literatura me embarga. Observo los numerosos daguerrotipos de Pedro Antonio de Alarcón, que parece de todo menos un escritor, con su rostro ceñudo, su mirada lunática, su expresión obstinada, terca, inamovible, un hombre de las cavernas erróneamente desplazado al mundo moderno. Contemplo a Zorrilla en pleno corazón de la Alhambra, en el Patio de los Leones, en los días de su mítica coronación en junio de 1889 como poeta oficial de las Españas. ¡Qué bajito era! Pertrechado de chistera y levita, cruza desdeñosamente la pierna derecha sobre la izquierda, se apoya  a la espalda sobre un bastón y disimula mal una mueca de hastío por los numerosos actos a los que debe someterse para llenar con algunas monedas su maltrecho peculio.
¡Sí, lo que estudiamos, lo que leímos, lo que escuchamos es real, aparece en los telediarios de la época, retratado por los cameramen de la época, aquellos pioneros que comenzaron a inmortalizar el tiempo en sus placas de cobre plateado, tal vez la más perfecta fotografía que se haya logrado jamás! Recorro la exposición “El rostro de las letras”, en la Sala Alcalá 31 de Madrid, una impresionante colección de retratos de escritores españoles desde el Romanticismo hasta 1914. Conforme me adentro en las galerías, el tiempo se transforma, comienzo a vivir lo que vivieron aquellas personas privilegiadas por el talento pero atormentadas precisamente por él, ya que nada más terrible que la clarividencia cuando se vive en un país que, según Valle-Inclán, es una caricatura de la civilización occidental. Un Valle-Inclán que se asoma también a las paredes de la muestra, menudo, un frágil armazón de huesos, de mirada hipnótica, capaz de transformar la realidad como un mago y hasta de enfrentarla como un David. Está también Bécquer, en varias poses, contradiciendo el manido retrato que reproducen los manuales, un hombre bien parecido, serio, abismado, de una hidalga dignidad, y también de una sensibilidad que sólo podía herirle en tan rudo país. Está Rosalía de Castro, volátil, encantadora, fresca como una dríada surgiendo del bosque. Y Pardo Bazán, inmensa, foquil, obcecada, tiránica, “ególatra”, como la tildó Alberto Insúa.
Pero si entre tantos y tantos retratos destaca la belleza de alguien, es la de Alejandro Sawa. ¡Qué poco exageró Valle al describirlo en “Luces de Bohemia”! Desde su juventud (en Granada hizo un curso de Derecho), efebo disfrazado de sileno, hasta su madurez, con las guedejas alborotadas cayéndole a los lados, su nariz clásica, su ancha frente, y sus eternos bigote y perilla. Hay en sus ojos ciegos una niebla, un sueño que taladran el mundo para vislumbrar el extremo escondido de la realidad.
Merece la pena hacer un viaje a Madrid nada más que para contemplar esta exposición. La fotografía no sólo congela la imagen; congela también el tiempo, las ideas, las vivencias, que luego se licúan misteriosamente ante el espectador. Pasearse por esta muestra es sumergirse en el tiempo y la creatividad de varias generaciones de españoles, y constituye, por lo demás, una de las mejores lecciones que un profesor pueda impartir a sus alumnos. Quien traspase la puerta que se abre en esta madrileña calle de Alcalá, ya nunca podrá soslayar el alma de los retratados y buscará ansiosamente sus obras para seguir en su compañía.

GREGORIO MORALES
Diario IDEAL, martes, 21 de octubre, 2014